sábado

La Ladrona de Libros


Ayer, después de varios días de lectura asidua, terminé el libro de "La Ladrona de Libros" de Marcus Zusak. La verdad no tenía gran intención de leerlo pero, como sucede en algunas ocasiones, lo tomé porque lo tenía a un lado mío y no había nada mejor que leer. Antes de abrirlo en la primera página, tuve a bien revisar la parte inversa del libro para enterarme de qué iba el tema. La historia se desarrolla en la Alemania nazi, donde la misma muerte es la narradora de las aventuras que corre Liesel, una niña que llega a una familia de acogida. No es un libro de aventuras fantásticas, es más bien una historia de una niña ordinaria, con amigos ordinarios que tienen sus aventuras ordinarias que se desenvuelven en una sociedad nazi.

Los personajes están muy bien caracterizados y, aunque es obvio que no todos son personajes principales, cada uno tiene un papel importante en la historia y no están echados al azar como otras historias similares. La característica principal, y a mí me parece interesante mencionarlo, es que está escrito desde la perspectiva de la Muerte, y la pongo con mayúscula, porque es ella misma la que va contando, como una entidad, la historia. No esperen una historia de miedo porque no lo es, tampoco esperen a una muerte descarnada, cruda y con el hambre de cobrar cada más víctimas, sino por el contrario, bastante objetiva, racional, cínica, con humor negro y en algunos momentos hasta compasiva.



El libro, me parece, tiene como objetivo mostrar la locura que existió durante la Segunda Guerra Mundial desde Melching, una población alemana. La vida de Liesel va, desde la pérdida de su familia biológica, hasta conocer el drama de los judíos y los campos de concentración. El libro nos muestra el valor de la amistad, la propia supervivencia, las ilusiones humanas, la pérdida de seres queridos y en algunos casos el desacuerdo con la política de Adolf Hitler.

Es un libro que vale la pena conseguir, leer y recomendable a partir de la adolescencia. ¡Se los recomiendo!

lunes

Compendio de chistes IV




Después de estar tanto tiempo fuera por diversas razones, y para la poca satisfacción de mi poca concurrencia lectora les dejo, para empezar los últimos de Pepito. Ya saben, mi querido amigo Pepe Jiménez que no para en su producción diaria de alegrarnos el día.

1. Despiértenme cuando mi cruda se haya ido

2. Ya me harté de esta vida. Ya me voy a dedicar a ser guapo.

3. Mi falta de ganas de ir a trabajar son como la cancion de Luis Miguel LA INCONDICIONAL "las mismas de ayer"

4. Pedimos su amable colaboración para localizar al niño Chepo de la Torre. Padece de sus facultades Mentales.

5. Yo ya estaba gordo antes de que se pusiera de moda.

6. Hay días que me cae no deberían existir hablo de: Lunes, Martes, Miercoles.

7. Cama no hagas esto mas difícil entiende que me tengo que ir.

8. Mi consejo tarado de hoy: Si esta lloviendo y no encuentras donde cubrirte del agua,no corras,adelante tambien llueve.

9. Mi esposa me dejó una nota en el refrigerador que decía: "Esto no funciona, me voy". Abrí el refrigerador y funcionaba bien. No entiendo!

10. Acné mata carita.

11. Si tu esposa te dice: "Ve y haz lo que quieras" NO VAYAS, ES UNA TRAMPA, NO TE MUEVAS, NO RESPIRES, NO PESTAÑEES, NO HAGAS NADA.

12. Quisiera ser Carlos Slim para poder decir que dormí bien rico.

13. ¡Hacer ejercicio aumenta años a tu vida! Llevo 2 días en el gimnasio y me siento de 90. Me duele todo el cuerpo y no puedo caminar.

14. Qué tengo, doctor? —Le haremos una placa. —¿De tórax? —No, de mármol. ¡CON SU NOMBRE!

15. Lo bueno de ir al gym es que me dejan buenas propinas cuando lavo los baños.

16. De novios: "—Cuelga tú. —-------------No, cuelga tú primero amor." De casados: "—¡Baja el cuchillo! —----------¡No! Baja el cuchillo tú primero ca...".

17. Las drogas no son la respuesta. Salvo que la pregunta sea cómo ganar el Tour de Francia, entonces sí.

18. Mesero, traigame un whisky para acordarme de mi tierra! -Es usted de Escocia? -No, de Whiskylucan, Edo. De Mèxico...

19. Mujeres que se quejan por cargar su panza 9 meses, un hombre la carga toda su vida!

20. Un ladrón me amenazó con una pistola gritando "Dame lo que traigas", le dije "traigo muchas ganas de llorar", me abrazó y lloramos juntos. Fue hermoso!.



Disculpa a mis lectores

Les debo una disculpa a mis tres lectores por no haber escrito nada en estas dos semanas pero me ha sido literalmente imposible escribir algo. Esta semana ha bajado ya la intensidad y espero que vuelva ya a la normalidad para seguir publicando. Tengo en la cabeza varios temas, además de la historia que estoy contando, que me gustaría compartir con ustedes.

Aprovecho el momento para contarles algo personal. En Junio del año pasado, en una comida con amigos, me enseñaron un cigarro electrónico el cual probé para saber si era cierto que quitaba las ansias de fumar. Mi sorpresa fue mayúscula cuando me caí en la cuenta que era ¡¡¡verdad!!!. La persona que me lo enseñó, un antiguo amigo, me hizo el gran de favor de conseguirme todo el kit de cigarros electrónicos que con el cual dejé de fumar la nicotina normal y pasé a formar parte del reducido grupo de fumadores tecnológicos. Durante todo este tiempo, no había fumado cigarros de los que ahora el pueblo considera como producto de la irracionalidad humana, de esos que te hacen despreciable ante los ojos de los que son capaces de aventar la primera piedra, cigarros que te excluyen de las mas altas esferas de la sociedad humana, de esos que en dos palabras te convierten en pecador social. Pues bien, dicho esto, el jueves para ser precisos, dejé de comprar incluso los cartuchos de repuesto para el cigarro electrónico, pensando ya en dejar este vicio. He de declarar que me he fumado tres cigarros normales, uno por día, y la realidad es que me han provocado mareo, mal sabor de boca y dolor de cabeza. Espero que en los próximos días logre completar este proceso de dejar, por fin, el cigarro que alguna vez le tomé bastante cariño.


Historia Sin Contar. Cap V.


Cuando desperté de mi embarazoso desmayo, iba en el coche del inspector Galindo. Parpadeé varias veces tratando de entender qué pasaba. La tarde estaba encapotada y las calles no estaban muy concurridas debido al frío que prevalecía en el ambiente. Me enderecé en el asiento, miré a mi alrededor, Carmen iba de copiloto dando unas indicaciones al inspector que no yo no alcanzaba todavía a comprender, Claudia dormía a mi lado, agotada del largo día y tratando de olvidar la pérdida de Luis. Sacudí la cabeza para terminar de clarificar mi mente soltando un ligero gemido.

-          ¿Cómo se siente?-  preguntó el Inspector con amabilidad.

-          Tratando de volver en mí todavía – respondí con lentitud-, pero supongo que no tardaré en estar bien.

-          Demasiadas emociones para él en un día inspector. Saber que un demonio eslavo lo busca a él por el medallón de Belobog  no es una noticia fácil de digerir- terció Carmen.

-          Cierto – sentenció el inspector-.

-          ¿Y qué pasó en el banco? ¿cuántos muertos son? – pregunté con ansiedad.

-          Seis muertos en total, tres guardias, dos cajeras, una ejecutiva de cuenta y el gerente del banco, todos muertos de la misma forma que Luis. Afortunadamente fue a una hora que el banco no atendía clientes, si no, la cantidad de muertos hubiera sido desconsoladoramente increíble. Por cierto, tu caja de seguridad es la única que estaba abierta, de hecho… destrozada.

-          ¡Uff! Qué sorpresa- contesté con ironía tocando el bolsillo de mi camisa sintiendo el medallón-. Supongo que tendría que sorprenderme pero no sé por qué no lo estoy. Por cierto ¿a dónde nos dirigimos? Esta zona de la ciudad no la conozco.

El inspector miró a Carmen como animándola a hablar. Era fácil adivinar que este viaje era idea de ella y no del policía. La luz del día caía con rapidez y se hacía cada vez más difícil ver las caras de mis interlocutores. Pasados unos minutos, ella soltó el aire de sus pulmones, giró su cabeza y contestó:

-          Tenemos que alejarnos lo más que podamos de este sitio. Dabog, al tener forma material, solo tiene dos ojos y, aunque es poderoso, no tiene forma de saber dónde te encuentras si no es con ayuda. Tiene espías que siguen tu pista, hombres y mujeres que por conseguir poder y riqueza se han asociado con él. No le fue fácil localizarte y la verdad no tenemos idea cómo le hizo para encontrar tu rastro en esta ciudad.

-          Un momento – interrumpí su diálogo- ¿Tenemos? ¿Quiénes “no tenemos idea”?

Carmen paró de nuevo su conversación quedando pensativa un momento considerando la conveniencia de contarme o no lo que sabía. Por la oscuridad creciente, me era imposible saber ver su cara y tratar de adivinar lo que pasaba por su cabeza.

-          Lo único que te puedo decir es que no estás solo  en esta guerra, porque, por si no lo has considerado, esto no es un pleito entre pandillas sino una guerra en toda forma. Quédate con el dato que tienes quién te ayude aunque no sepas todavía quiénes son.

-          ¿Por qué no puedo saberlo? – insistí. Los acontecimientos recientes me tenían con los nervios de punta y el moverme en la oscuridad de la ignorancia no me complacía de ninguna forma.

-          Dabog vendrá por ti, por nosotros, y si te captura, será mejor que la información que tengas sea mínima. Sin embargo, inspector, usted se puede retirar. Usted está fuera de la jugada del demonio esloveno, así que, después que nos deje donde le indique, le conviene irse. Sería lo mejor para usted.

-          Sería pero no pienso bajarme. En mi sector han sucedido muchos asesinatos en pocos días y creo que es mi deber averiguar qué pasó. Además, quisiera agregar que dejen de decirme inspector, mi nombre es Ángel- y con parsimonia se tomó de los bigotes para volver a mesárselos y retando con la mirada a que lo contradijeran.

-          No tiene que venir… - comenzó con firmeza Carmen

-       Déjelo, si quiere venir que venga. Necesitamos manos en esta guerra así que es mejor que se quede – interrumpió Claudia con la misma determinación que Carmen y, para sorpresa de todos, se le veía bastante despierta.

-     Muy bien, muy bien – proseguí y cortando a Claudia- que se quede, pero ahora dinos hacia dónde vamos.

Carmen, que se veía que no estaba acostumbrada a que le impusieran cosas, sino más bien, a que ella las ordenara, hizo una mueca de disgusto. Se le quedó viendo al inspector y alzando su dedo índice lo señaló amenazadoramente pero sin argumentar nada en contra.

-          Dabog, como les decía, tiene espías apostados en todos los lugares que frecuentas. De esta forma se enteró de tu rutina ordinaria y no le fue difícil dar con tu casa y con la de Luis. Para ser sinceros, él cuenta con recursos de los que nosotros adolecemos. Tiene gente en todos los niveles sociales y de las más variadas profesiones así que él tenía más posibilidades de encontrarte. Nosotros no sabíamos en qué lugar del mundo vivías hasta que sucedieron los choques antes de tu primer encuentro con él. Una de nuestras estrategias, al no tener sus recursos, era seguir a sus espías desde las trincheras. Mientras seguíamos a uno de ellos, nos percatamos, por la forma en la que comenzó a comportarse, que algo raro sucedía. Normalmente no los atacamos para dejarlos hacer y, de esta forma, darnos cuenta si algo extraño surgía en el ambiente. En esta ocasión tuvimos que actuar. Lo cogimos después de una gran persecución por la ciudad pero desafortunadamente, después de un largo tiroteo,  quedó mal herido y al borde de la muerte solo susurró, con una sonrisa malévola en la cara, que te habían encontrado, que habíamos perdido la partida. Como comprenderás, nuestra urgencia por encontrarte se convirtió en desesperación.  El medallón no podía, no puede caer, en las manos malditas del demonio. Lo registramos y para nuestra gran fortuna, tenía fotos tuyas tomadas desde su teléfono, la dirección de tu casa y la rutina que seguías normalmente.  Nos pusimos en marcha con gran celeridad pero para cuando llegamos a tu residencia ya era tarde, toda ella se encontraba en un estado tan lamentable que supusimos que en verdad ya no teníamos nada qué hacer. Nos disponíamos a regresar a nuestra guarida cuando entró una llamada diciendo que acababas de dejar el banco veinte minutos antes y te encontrabas en la casa de tus amigos. Corrimos hacia allá y el resto ya lo conocen.

Todas esas historias me sonaban tan fantásticas que de no haber sido porque estaban sucediendo pensaría que estaba en medio de candidatos con cualidades suficientes para ingresar al manicomio de la ciudad.  Las preguntas se me agolpaban en la cabeza pero había algo que no encajaba del todo ¿cómo supieron quién era yo? Si los “buenos” de la película no sabían dónde encontrarme ¿cómo ellos sí? Por otro lado, eso de ser el portador del medallón era la primera noticia que recibía. Yo me consideraba de este país, me sentía orgulloso de ser ciudadano de este lugar y ahora venía una señora desconocida para mí para decirme que soy descendiente de ¡quién sabe quién! Seguramente dentro de mis antepasados hubo bandoleros y le robaron el medallón a alguien, ¡yo que voy a ser eslavo!, ¡nada más eso me faltaba! En el fondo no me sentía seguro de nada, me quería engañar diciéndome muchas cosas pero la realidad es, que las palabras de mi madre al dejarme el medallón me azotaban como un látigo inclemente en mi cabeza: “cuida de este medallón con tu vida, es lo más valioso que te dejo antes de irme a la tumba”. Con el dolor que me embargaba al ver cómo moría mi madre no pregunté por el significado de sus palabras. Se me vino un destello de luz a la cabeza, una idea que me parecía genial en esos momentos y le pregunté a Carmen:

-          Oye mira, yo sé que ustedes están metidos hasta las narices en esto, yo … honestamente… no tengo ningún interés en poner en práctica mis habilidades de “Street fighter” pero … ¿y si les doy el medallón y yo me olvido de él?

-          Cobarde – escuché la voz de Claudia mi lado, lo cual me dejó muy sorprendido.

-          No, no es cuestión de co…

-          No es posible – me cortó Carmen-. Solo el legítimo portador del medallón será capaz de usarlo.

-      ¿Te quieres bajar del coche? Ya decía yo que tenías un cierto aire gallináceo – comentó con ironía Ángel.

-       Cobarde – volvió a decir Claudia y me pareció observar un cierto aire de burla en la cara de Carmen. Suspiré.

-       Ok, ok, muy bien, yo solo lo comentaba como una posibilidad pero ¿cómo que usarlo? ¿Usarlo cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

Carmen no contestó a mis preguntas sino que se limitó a mirar a las calles. Esa actitud me exasperó bastante pero no repliqué por el momento, ya tendría ocasión para interrogarla con calma. Faltaba muy poco para llegar a los lindes de la ciudad. Yo no conocía demasiado bien aquellos lugares, solía pasar por ahí cuando salía de paseo al campo pero nunca me había adentrado en sus calles.  Era un lugar oscuro, de mala muerte y peligroso para ser visitado durante las noches. Súbitamente, con mis recién despertados sentidos, percibí con bastante nitidez aquel sentimiento que nos llevaba a la autodestrucción: el odio. Aquella sensación hizo que me estremeciera hasta los huesos. Temí que Dabog estuviera cerca tendiéndonos una trampa pero al instante comprendí que no era posible por la ausencia de su inclemente frío. Miré los rostros de mis compañeros y comprobé que iban sumidos en sus propios pensamientos sin percatarse de aquel extraño sentimiento. Miré a mi alrededor y observé unas sombras moverse con rapidez dirigiéndose a unos coches cercanos a ellas.

-   ¡DETENTE! – le grité a Ángel. ¡REGRESA! ¡REGRESA! ¡GIRA EL VOLANTE!

Se oyeron gritos de sorpresa y Ángel paró en seco el automóvil.

-          ¿Pero qué ocurre? – preguntaron todos al unísono y espantados

-          ¡Ahí! ¡Miren! ¡Nos están esperando! – grité señalando hacia un costado de la calle.

-          ¿Dónde? ¿Quiénes? ¡Yo no veo nada! – expresó con enojo Ángel. Metió velocidad para disponerse a continua cuando Carmen gritó:

-          ¡PARA! ¿QUÉ NO ENTIENDES QUE ESTÁN AHÍ?- nos quedamos todos sorprendidos por la voz de mando que emanaba de aquella mujer. - ¡Nosotros no vemos nada porque nuestros sentidos no son como los de él pero él los siente y ve! Tenemos que llegar al cementerio a como dé lugar ¡Gira a tu derecha! ¡ahora!.

Ángel, con su pericia de policía entrenado, metió a fondo el acelerador y salimos disparados hacia donde le indicaba Carmen. Nos agarramos con fuerza a los asientos y con el corazón en la garganta me giré hacia atrás para ver si nos seguían. Pocos segundos después, divisé tres pares de faros que se dirigían a toda velocidad hacia nosotros. Alcancé a escuchar los rugidos de sus motores a toda velocidad que lograron que se me hiciera un nudo en el estómago. ¡Ahora sí que estábamos metidos en líos! A mi lado, Claudia gritaba a todo pulmón al conductor que acelerara, Carmen sostenía una pistola de alto calibre en su mano y gritaba que no parara el auto, Ángel conducía con mano experta el coche a toda velocidad y yo no pude mas que abrir los ojos desmesuradamente ante el inminente peligro ¿qué podía ser peor que ser perseguidos por una panda de bandidos asociados con un demonio y encima eslavo? Un disparo pasó sonando a nuestro lado perdiéndose en la oscuridad. ¡Ahí estaba mi respuesta! Los gritos de Claudia y míos se avivaron. Los nervios se dispararon hasta niveles insospechados y la adrenalina recorría nuestras venas como descargas eléctricas de alta tensión. Las pocas luces del exterior pasaban como manchas alrededor nuestro. Los vehículos de nuestros perseguidores estaban cada más cerca y descargas de metralla se dejaron oír. El cristal de atrás de nuestro coche estalló en mil pedazos y se oyó la voz de Ángel gritando:

-          ¡ABAJO!

-          ¡NO HACIA FALTA QUE NOS LO DIJERAS! – grité desde abajo del asiento.

Carmen sacó parte de su cuerpo por la ventanilla y comenzó a disparar con su pistola automática. ¿De dónde era aquella mujer? Mandona, lista y ahora hasta pistolera. No había tiempo para más, una nueva tanda de disparos se escuchaban a nuestro alrededor. Me atreví a asomarme por la parte trasera y vi con desilusión que seguían ahí detrás. Ángel giró con brusquedad en una avenida dejándose oír los pitidos de los automovilistas en señal de protesta y chirridos de llantas quejándose contra el pavimento. El velocímetro señalaba 160 km/hr. ¡Joer! ¡La multa la pagaría el inspector!

-          ¡MÁS RÁPIDO! ¡MAS RÁPIDO!- grité con desesperación a Ángel.

-          ¡HAGO LO QUE PUEDO!- contestó él sin perder la concentración en la calle.
De pronto, el inspector soltó una palabrota, giró el volante frenando el coche, cambió de velocidad y aceleró nuevamente.

-          ¿PERO QUÉ TE PASA? ¿QUÉ NO VES QUE TRAES GANADO FINO AQUÍ?- grité de nuevo y mirando por la ventana vi la causa de su reacción: más perseguidores. -¡ACELERA¡ ¡ACELERA!- le espeté al inspector.

Carmen seguía disparando. Parecía un ángel vengador cumpliendo una misión contra los agentes del mal. Pensé que no me gustaría hacerla enfadar demasiado ¡menudos macanazos me daría! De pronto un estallido detrás de nosotros, viré en esa dirección y vi como salía por los aires un vehículo de nuestros perseguidores, el de atrás de él no lo pudo esquivar y terminó por estrellarse junto a él. Salieron chispas por doquier debido a las láminas que rozaban el pavimento, bolas de fuego que despedían los coches y un estallido final que dejó en claro que esos ya no molestarían. Pero… no eran todos.

-       ¡HACIA EL NORTE! ¡TENEMOS QUE TOMAR LA INTERESTATAL YA!- ordenó Carmen a Ángel.

Obedeciendo, el inspector, giró el volante hacia el norte metiendo el acelerador a fondo. Claudia sollozaba de miedo en el asiento y no dejaba de gemir que nos iban a matar a todos. Carmen se sentándose dentro del coche, buscó dentro de su bolso sacando otra pistola.

-          ¿Sabes usar esto? – me preguntó bruscamente.

-          N…n…oo... – respondí balbuceando.

-          ¡Pues úsala! ¡Tenemos que llegar¡ ¿Me entendiste?- gruñó ella alcanzándome el arma.

La tomé con un sudor frío. Al sentir el frío metal sobre mi mano, por una razón insospechada, me reconfortó su contacto. La observé atentamente, nunca antes había utilizado un arma, no sabía exactamente cómo usarla y para cuando quise preguntarle a Carmen qué hacer, ella ya estaba de nuevo en posición disparando a los perseguidores. Me giré de nuevo, me puse de rodillas sobre el asiento y apunté. ¡BAAM! Sonó el primer disparo. Me empujó hacia atrás y casi de milagro no se me escapó otro tiro.

-          ¡TÓMALA CON FUERZA Y APUNTA A TU OBJETIVO! -  me gritó Ángel.

Respiré profundo, intenté relajarme, me puse en posición, tomé con fuerza el arma con las dos manos y disparé. ¡BAAM! Salté casi de alegría al ver que no me había caído con este nuevo disparo.

- ¡YEEEEESSSS!! – grité de por la emoción.

- ¡DEJA DE DECIR IDIOTECES Y DISPARA! – rugió Ángel

Me coloqué de nuevo, me volví a relajar y, enfoqué al blanco. Caí en la cuenta de pronto que, al tener una vista tan extraordinaria, podía ver con claridad hasta el más mínimo detalle. Veía a los hombres que nos perseguían, sus ropas, sus ojos llenos de odio y pude observar también que casi podía adivinar los movimientos siguientes del conductor. Se me vino una idea a la cabeza.

-          ¡DISPARA AL FARO DE LA DERECHA! – le grité a Carmen.

-          ¿QUÉ? – me preguntó ella

-          ¡QUÉ DISPARES AL FARO DE LA DERECHA! – le urgí

-          ¿PARA QUÉ? – me contestó ella

-          ¡SOLO HAZLO! – le contesté

Me miró con cara de interrogación, como decidiendo si me hacía caso o no.

-          ¡HAZLO!

Asintió con la cabeza y disparó como le había sugerido. Supe, desde un momento antes, que el conducto giraría el volante a la izquierda y justo un segundo antes disparé. La bala se metió justo en el pecho de él provocando que soltara el volante y dieran volteretas en el aire. Solo quedaban dos. Súbitamente un frio implacable se dejó sentir en el ambiente. Dabog estaba por llegar.

-          ¿CUÁNTO FALTA PARA LLEGAR?- grité

-          N…n…nooo.. mu… mu… cho- contestó Ángel empezando a tiritar.

¡Cielo Santo! ¡Está más cerca de lo creí! El policía ya está sufriendo el frío
.
-          ¡Carmen! ¡Ayúdale!- me apresuré a decirle

Carmen de un salto se puso al lado del inspector y ayudándole con el volante seguimos nuestra ruta. Me puse a disparar de nuevo para la visión se me nublaba por el frío y no acertaba un solo disparo. El frío era cada vez más intenso. Los dedos se me agarrotaban en el gatillo. “Un poco más por favor” “un poco más” pensaba. Las luces se apagaban, la oscuridad era cada vez  más intensa. Unos ojos rojos, llenos de odio, se posaron en mí. Escuché un ruido a mi alrededor de mí y de pronto: paz. 

Historia Sin Contar. Capítulo IV




Dos noticias que cayeron como balde de agua fría: la muerte de la gente del banco y… un demonio eslavo. Al escucharlas, pasé mi mano derecha por mis cabellos queriendo entender qué era aquello sobre un demonio y qué tenía que hacer en mi país y más concretamente conmigo.  Me giré sobre mis talones buscando el sofá para sentarme y poder pensar mejor. Quería aclarar mis ideas cuando escuché la voz de Claudia dirigiéndose a Carmen, la señora que acaba de llegar.

-          ¿De qué le conoces? ¿quién eres?

-          Como ya les dije, mi nombre es Carmen y parte de mis orígenes se remontan a Eslovenia. Por parte de padre soy latina, de ahí mi nombre, pero por parte de madre tengo sangre de aquel país. Al noroeste de Eslovenia, está la zona de los Alpes Julianos, y se pueden encontrar los parques naturales más extensos de Europa conocidos también como los parques de Triglaw. En esa pequeña parte del mundo se encuentra el pueblo de Bled, de donde es originaria mi madre, a las orillas del río Soca. Es un lugar espléndido, rodeado de montañas, unas cascadas al norte y un lago al sur. 

-          ¿Pero qué tiene que ver ese pueblo con lo que está pasando?- interrumpí a Carmen y observaba al inspector Galindo Vilchis quedarse en el dintel de la puerta para escuchar la explicación mesándose los bigotes.

  Carmen me observó con gesto divertido ante mi impaciencia, respiró hondo y continuó con su relato.

-          Hasta hace unos años, 110 para ser exactos, era un lugar tranquilo y se recibían las visitas de personas que querían conseguir un mineral que solo se da en los Alpes Julianos. Mis abuelos vivían del poco ganado y sembradíos que tenían. En realidad era un pueblo pobre en ese tiempo y el tener visitantes, aunque fueran mineros, le daba vida y dejaba algo de dinero. Los habitantes del lugar eran muy amigos entre sí. Había, como toda población pequeña, la gente principal del pueblo, herrero, tenderos, la guardia que cuidaba de la seguridad, etc. Como en todo lugar, existían pequeñas rencillas entre ellos pero no pasaba de ahí, en fin, que reinaba un ambiente de armonía.



-          Por lo que dices, era un lugar bastante agradable – comentó Claudia interesada en la plática- ¿Qué pasó después?

-          Según contaba mi abuela, los veranos por esos lares, eran maravillosos  – continuó Carmen-. Todo se vestía de verde, las flores estaban en todo su apogeo y la tierra olía a humedad. Las montañas lucían imponentes e invitaban a los más aventureros conquistaran sus cumbres. La gente se encontraba de buen humor, los amigos se reunían al finalizar el día y se oían historias de todo tipo. Los muchachos, ávidos de historias, se sentaban alrededor de los mayores y escuchaban con gran atención los relatos que se narraban. Mi abuelo, que contaba en ese entonces 20 años, era de los chicos que se reunía con los demás por las noches. Un tarde, al terminar la jornada de trabajo y después de haberse lavado, llegó a la posada de Jaroslav con ánimo de tomarse una cerveza con sus compañeros y oír las noticias del mundo exterior ya que, en ese momento, se hospedaban en la posada varios mineros llegados de la ciudad.  El ambiente no podía ser mejor, se escuchaban las bromas y las risas de los presentes. Las bebidas iban y venían por las mesas donde todo era algarabía, gritos y algún intento de camorra que era sofocada inmediatamente por los propios asistentes del lugar. En una esquina de la posada, se encontraba Evzen tocando su Gajda (gaita) animando el lugar con música de la región y, como suele suceder, siempre hay alguno que pone a prueba el sentido auditivo con cantos conocidos por todos.  Mi abuelo Duscha, se acercó a la barra donde vio, con gran placer, a su mejor amigo Durian.

(Los diálogos que siguen a continuación son parte de la historia de Carmen y de lo que sucedía en la Posada de Jaroslav)



-          ¡Durian! ¡Hombre! ¡Qué alegría verte por aquí! – gritó, haciéndose oír entre la multitud, el abuelo de Carmen dando una palmada en la espalda de su amigo.

-          ¡Duscha! ¡amigo mío! ¡acércate y brinda conmigo! - se giró Durian con una sonrisa franca y abalanzándose sobre su amigo le dio un gran abrazo apretándole con fuerza.

-          ¡Te estaba esperando! – gritó Durian a su amigo y tomando las dos cervezas lo invitó a que lo siguiera con un movimiento de cabeza.

Los dos jóvenes habían crecido juntos. Habían estudiado sus primeras letras con el viejo Nicholai el profesor del pueblo, y siempre que castigaban a uno el otro se encontraba a su lado. Se querían como hermanos y se sentían orgullosos que incluso sus nombres tuvieran como inicial la letra D.

-          ¿Qué tenemos hoy por aquí? Veo que se ha dejado venir todo el pueblo – dijo Duscha observando alrededor del local-.

-          Al parecer Vaclar, el anciano del pueblo, vendrá hoy a contar sus viejas historias de la montaña. Ya sabes que los mineros del pueblo siempre están ansiosos por escuchar sus historias. ¿Sabías que hoy por la tarde uno de los mineros se accidentó en una de las cuevas de las montañas?
-          No, no tenía idea. ¿Qué sucedió?

-          Pues al parecer el tipo se adentró en una cueva inexplorada para revisar si contenía el mineral que buscan pero resbaló quedando atorado en un orificio del piso.

-          Bueno, eso le puede pasar a cualquiera – comentó Duscha quitándole importancia al asunto con un gesto de la mano-.

-          Es verdad lo que dices pero el hecho es que la historia no acaba ahí – contestó Durian quedándose pensativo.

-          ¿Cómo dices?- apuró Duscha lleno de curiosidad.

-          Cuando se dieron cuenta los demás que no salía de la cueva se adentraron para asegurarse que nada malo había sucedido. Unos quinientos pasos adentro se encontraron con el minero y al dar un vistazo con las antorchas se quedaron con los ojos abiertos.

-          ¿Qué vieron? ¡Anda hombre suéltalo! – le apresuró el abuelo de Carmen.

-          La verdad no me queda muy claro pero cuentan que en el piso había un círculo con un triángulo dentro, unas velas tiradas y una piedra enorme al lado de lo que parecía ser la entrada a otra caverna. Se acercaron a ella pero un viento helado los detuvo llenándolos de temor. Se apresuraron a rescatar a su compañero y salieron como almas que lleva el diablo.

Un silencio se interpuso entre los dos amigos. Ambos metidos en sus propias ideas y, como toda gente de la montaña, llenos de supersticiones y pensamientos oscuros. Durante un largo rato se quedaron callados dando sorbos a sus tarros de cerveza cuando un ruido en la puerta y un silencio repentino en el local, hicieron que giraran para ver qué sucedía. El viejo Vaclar entraba con su largo bastón a la posada dirigiendo sus pies al centro del local. Los hombres se abrían para darle paso a aquel hombre de sobrada ancianidad. Vaclar caminaba lentamente, sin mirar a la gente que se encontraba a su lado. El ruido del bastón resonaba en toda el lugar al dar con el piso de madera. Un silencio profundo llenó los espacios que hasta se podría cortar. El más anciano del pueblo tomó su lugar en la mesa central de la posada de Jaroslav. Los hombres, tanto los del pueblo como los mineros, comenzaron a sentarse junto a él esperando a que hablara. Se dejaban oír las pesadas respiraciones de aquellas personas con los ojos ansiosos y fijos en aquel anciano.

-          Cuentan las historias antiguas que estas tierras – comenzó el viejo-, no eran lo que son ahora, tierras fértiles, habitables donde los hombres pueden vivir con tranquilidad. Existió un momento en que las guerras intestinas entre los pueblos eslavos dominaban y la paz no era posible. Las Crónicas Eslavas cuentan que el demonio Chernobog, ahora solo conocido como Dabog, era el que estaba detrás de toda esa calamidad. Organizó sus propios ejércitos para dominar a los hombres. Los antiguos códices relatan que les quitaba el corazón para comérselo y hacerse más poderoso. Aquellos que pactaban con él les respetaba sus vidas con la expresa condición que tenían que traerle víctimas para alimentarse de ellas y ayudarle a conquistar a aquellos que se negaban a servirle. El mundo era un caos y probablemente hubiera logrado su propósito sino hubiera sido por Belobog, el ángel bueno, que ayudó a reprimir todo este desastre.



-          Pero… ¿cómo es posible que un espíritu como Dabog comiera corazones? ¿No se supone que ellos ya son poderosos sin necesidad de ese tipo de alimento?- preguntó Durian.

-          Es muy cierto lo que dices, pero en realidad, para que ellos pudieran habitar la tierra, se necesitaba que adquirieran un cuerpo material. Eso los hacía vulnerables a la muerte y sus espíritus regresaban al mundo del que vinieron, sin embargo, Belobog venció a Chernobog quitándole su cuerpo material y encerrándolo en una caverna de los Alpes Julianos. Claramente son historias antiquísimas y nadie sabe el lugar donde fue encarcelado.

-          ¿Qué tiene que ver esto con lo sucedido hoy viejo? – preguntó un hombretón de forma abrupta.

-          Se dice que para encerrar al demonio negro, Belobog usó un medallón poderosísimo que tenía grabado un triángulo encerrado en un círculo, el mismo que vieron ustedes en la montaña.

El silencio y el miedo volvió a hacer presa de los presentes, como un puño de acero que no deja libre a su víctima.

(Vuelta al presente)

-          Hace 200 años fue abierta esa puerta – continuó Carmen- por unos muchachos que encontraron la cueva. El demonio solo hacía pequeñas apariciones en diferentes países y no era fácil rastrearlo.

-          ¿Pero cómo es que tú sabes todo esto Carmen? – pregunté con un hilo de voz.

-          Porque yo… yo soy descendiente directa de Vaclar y él a su vez de la familia de uno de los tres jóvenes que abrieron el portal.

-          ¿Y por qué me sigue? ¿Por qué me anda buscando? No es casualidad que haya estado en mi casa, aquí y en el banco. ¡Son los lugares que yo he estado! ¿Qué quiere de mí? – pregunté exasperado y temiendo la respuesta que empezaba a adivinar.

-          Porque tú eres el portador del medallón de Belobog. Tú desciendes de la familia que ayudó a capturarlo y son guardianes de él.

Sentí la mirada de todos sobre mí, el mundo comenzó a girar en un torbellino de sentimientos y lo último que vi fue la mirada de Carmen observando mi reacción.